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Joan Manuel Serrat afirma que cada persona tiene su propia banda sonora, única e intransferible como un pasaporte.



Joan Manuel Serrat, uno de los cantautores más emblemáticos del mundo hispano, regresó al ámbito público en un evento literario en Guatemala, donde compartió reflexiones sobre su vida, su música, la poesía y su visión del mundo actual. Aunque retirado de los escenarios, su voz sigue resonando con fuerza entre generaciones que han hecho de sus canciones parte de su memoria afectiva.

Durante su participación en este festival cultural, Serrat dialogó sobre el papel transformador del arte y su profundo vínculo con América Latina, una región que, según él, le enseñó mucho sobre compromiso, solidaridad y dignidad. Reconocido no solo por su música, sino por su claridad moral, el cantautor reiteró su defensa de la libertad frente a cualquier forma de represión o intolerancia.

Serrat considera que cada persona lleva consigo una banda sonora única, como si fuera un pasaporte emocional. Sus propias composiciones —desde “Mediterráneo” hasta “Cantares”— han sido parte del imaginario colectivo de millones. Pero más allá del reconocimiento popular, para él lo más importante siempre ha sido la honestidad del mensaje. Las canciones, explicó, están hechas para contar algo. No basta con una melodía pegajosa: el texto debe tener peso, sentido, contenido.

A lo largo de su trayectoria, ha fusionado la música con la poesía de manera excepcional, poniendo en melodía los textos de poetas como Antonio Machado y Miguel Hernández. Su meta, afirma, nunca fue comercializar libros de poesía, aunque eso sucedió de manera incidental. Su propósito siempre ha sido crear canciones que conmuevan profundamente y perduren. Para alcanzar esto, considera que el esfuerzo constante y el talento son los cimientos esenciales de toda obra artística.

En su intervención también se refirió a la situación política en varias regiones de Centroamérica, lamentando la persecución de voces críticas y el despojo de nacionalidades por razones ideológicas. Comparó este exilio forzado con la tragedia de aquellos que no solo pierden un país, sino también la posibilidad de nombrarlo como suyo. Para él, la patria puede ser muchas cosas: un idioma, un recuerdo de infancia, una escuela donde los hijos aprenden a vivir en libertad. Pero, sobre todo, la patria es un lugar donde uno puede amar sin miedo.

Recordaba que, en tiempos pasados, había visitado países como Nicaragua en instantes significativos de su historia, ofreciendo su música en escenarios de ilusión y de tragedia. Ahora, manifiesta su tristeza por el rumbo autoritario de algunos gobiernos, que han quebrantado las promesas de libertad que inicialmente defendían. Sin embargo, a pesar de la desilusión, mantiene la esperanza.

Apegado a su optimismo, afirma que la roca de Sísifo —emblema del esfuerzo sin tregua frente a las dificultades— llegará, al final, a la cúspide. Mientras tanto, continúa creando de manera privada, sin dejarse llevar por las tendencias comerciales, escribiendo por satisfacción y necesidad personal.

Para Serrat, retirarse de los escenarios no significa callar. Es, más bien, una forma distinta de seguir hablando, de seguir cantando. Porque mientras haya injusticias, exiliados y canciones por nacer, habrá también motivos para alzar la voz y defender lo que importa.

Por Eleanor Price

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